
Con la llegada del día de los difuntos el próximo día 1 de Noviembre, más allá de fiestas de Halloween, la muerte siempre ha sido un tema recurrente en todas las disciplinas artísticas y en la literatura no ha sido menos. El mundo de los muertos ya en la mitología clásica, las danzas macabras o la muerte igualadora de Manrique, sin duda, son un referente para nuestra literatura hispana; muerte que se va repitiendo en todas los tiempos y en los grandes autores y sus obras. Nuestro Quijote murió tras sus aventuras y desventuras de caballero andante, como igual murieron por su amor Calisto y Melibea. Muertes que se repiten en novelas, obras dramáticas y poemas de todas las temáticas. Uno de esos poemas es el que he elegido hoy para ilustrar este tema, un canto a la muerte por parte de un autor que supo describirla de cerca, sentirla a través de sus leyendas y en esta rima en particular. Me refiero a la RIMA LXXIII del sevillano Gustavo Adolfo Bécquer.
Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.
La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho,
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.
Despertaba el día
y a su albor primero
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!” .
[…]
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila,
formando el cortejo.
Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo;
allí la acostaron,
tapiáronla luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.
[…]
¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es, sin espíritu,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
que al par nos infunde
repugnancia y duelo,
a dejar tan tristes,
tan solos los muertos.